jueves, 9 de junio de 2022

Peligro de extinción (Cap. 12 - "El gran lujo")

Los instintos de la musa no duermen. Nunca durmieron. Siempre estuvieron intactos. Intactos instintos que insisten. Inquietos. Igual que los de su inspirado. Así que instintivamente —no podía ser de otra manera— hacen el amor como la primera vez.

Siempre es como si fuera la primera. A veces se preguntan si acaso la primera no habrá sido ésa, en esa casa de campo. Pero saben que fueron tantas vidas las que los encontraron, que intuyen lo difícil que será llegar al génesis del gran milagro que juntos (presienten que) son. Y aun así, siguen queriendo saberlo todo. Averiguando. Entrado y saliendo del gran enigma que también (sienten que) son. Enigma... Milagro... Y algo, y mucho más, que hacen que esas vidas no perecederas estén cada vez más afianzadas.


Lo que todavía no saben es que mueren juntos en cada vida...


A veces porque así les toca. Otras, porque sacrifican su vida con la partida del otro. Pero también nacen al mismo tiempo. Y, de inmediato, comienzan a buscarse por otro instinto que tampoco descansa: el de la supervivencia.

Ellos llegan al mundo dependiendo del otro para existir. Eso, naturalmente, es así. Son seres especiales que necesitan del otro ser para vivir y para morir. Porque juntos tienen una misión designada por la raza de la inspiración a la cual pertenecen.

Esa raza los ha elegido para expandirse a través de las generaciones. Los ha enviado a un mundo de humanos que los registra como tales, e incluso los hace sentirse así. Pero aunque sean casi iguales... ellos son diferentes. 

Porque ellos son otra cosa:

Ellos son arte.


En algunas vidas les fue más fácil encontrarse, y afianzarse en una unidad que los representara como ese arte puro que, siempre, fueron. Y en otras —sobre todo en ésta— les costó más.

Seguramente les cueste porque sobrevivir también es un arte...

Y porque, si en los aires que los rodean predominan auras tristes o débiles, los matices de toda existencia —humana o artística— se opacan. Se achatan. Hasta apagarse por completo.


En una sola vida algo falló. Y es en esta. 

Demasiados encuentros y desencuentros. Se aman, se besan, se prometen, se esperan, se ausentan. Hasta que desaparecen.

Ya les pasó. Ya saben lo que sienten estando lejos. Pero, sobre todo, saben lo que sienten estando cerca. Y no entienden por qué hay algo que los separa tanto como los une. Algo que no les permite despejar todas las intrigas y reunirse definitivamente. Algo que deben superar a tiempo.

De lo contrario, se apagarán para siempre. Y con ellos, todas las obras de arte. De un modo ligero y repentino. Y absurdo.


Después de hacer el amor se abrazan y quedan en posición fetal, y el calor que siguen dándose parece infinito.

El calor que necesitan para que no se congele la raza a la que pertenecen... y toda su creación.


domingo, 1 de mayo de 2022

La bomba (Cap. 1 - "¿Y nosotros, qué?")

 —Me voy a vivir a Chile —me dijo.

Así de una y en seco.


Recién habíamos cogido. Todavía estábamos en la cama. Nuestras piernas entrelazadas entre nuestros cuerpos, que habían quedado revueltos y desparramados uno en cada punta. Las miradas, a cierta distancia. No tanta como la que nos esperaba.


Ulises y yo no éramos nada.


Pero igual reaccioné como pude. Me hice la tonta. Le pregunté unas cosas como si se fuera por diez días... Quizás eso hubiese querido... Que se fuera por diez días y que después volviéramos a vernos como si nada, en nuestra burbuja de la nada misma que éramos.


Mis ojos podían mentirle bien gracias a esa posición que seguíamos formando —impecables— mientras hablábamos de cómo iba a ser su nueva vida allá, como si fuera una charla de un día cualquiera.

Entre que casi no nos veíamos las expresiones, y la poca luz que entraba al cuarto desde el pasillo, yo podía hacer como que no me importaba.


Después de entrar en algunos detalles que no pude asimilar con lucidez, nos desarmamos y nos pusimos a limpiar mi sangre, porque justo mientras lo hacíamos me había venido con todo.

— ¿Vas a venir a Chile? —me preguntó mientras frotábamos las sábanas con quitamanchas.

—A trabajar me iría...

A visitar... no sé —le contesté sin saber bien qué contestar.

Y al segundo me arrepentí de esa respuesta tan torpe.

Es que tampoco entendí si lo dijo por decir algo para adornar el momento, para no hacerme sentir tan nula en su vida, o porque de verdad tenía ganas de que eso pudiera darse.

—El departamento es bastante grande, así que lugar hay —tanteó.

Tibio, improvisado, sin jugársela demasiado.

"Sí, obvio, si da, voy de una", es lo que hubiese querido responder.

Pero me quedé callada y me fui al baño.


Y ya sola ahí, me dieron ganas de llorar...


Abrí la puerta rápido para evitarlo. Me lo reprimí, sí. Más que nada para disimularlo.

"Si esto me está afectando, que no se note", me dije... 

"No podés llorar acá, Maia".


Como si tragándome el llanto pudiera frenar esa bomba que ya había detonado, tal como sus propias palabras:

—¿Te tiro la bomba ahora? —me había dicho unos segundos antes de contármelo.

—¿Renunciaste al trabajo? —le había preguntado yo, sin imaginar lo que estaba por escuchar.

Pensando que se trataba de otra cosa, que como mucho había aceptado otro que le habían ofrecido en Campana.


Y la tiró, nomás.


Como si no fuera algo que se dice con un telegrama de preaviso, con algo más de tacto y con más sutileza que la que puede tener un ordinario, común y corriente "Te lo cuento en persona", como el que me había anticipado hacía un par de días por WhatsApp.


Claramente, tan claramente, yo no tenía el lugar en su vida como para que él se diera cuenta de que —ahora yo— estaba por estallar. Tenía que tragármelo todo, todito, con la sal de cada lágrima y moco.


No podía, ni debía, demostrarle lo que me pasaba.


Y eso era ley.

Apenas una de las leyes de cuando dos (no) son nada.


sábado, 15 de enero de 2022

El diario del lunes ( Parte 2. "Bienpropia")

No te pierdas en lo incierto. 

Los sinfinales predecibles ya están escritos. No te hagas cargo de otros egos ni de sus egoísmos. Y si algo toca al tuyo, tu amor propio sabe; y puede distinguirlo y salvarte a tiempo. Si hasta está bien que tu ego se rompa un poco de vez en cuando... Hay cosas que sólo vienen a recordarte quién sos y qué querés en verdad. Y cuánto amor tenés para darte. Y para dar. 

La fantasía se paga con la melancolía del día después. Y la melancolía se salda con los pies en la tierra. Eso. Hacé pie en tu realidad, pisala fuerte, afirmate en ella, date unos pasos y bailate todo que eso también es vivir: bien adentro de lo que es y más afuera de lo que iba a ser, y muy lejos de cualquier deseo impostado y surrealista.

No esperes al diario del lunes. Conocete, sabete de memoria, grabate la lección porque alguna vez vas a tener que aprendértela. No juegues con el fuego de los ciclos. Lo cíclico quema después de algunas vueltas. No quieras quemarte tanto. Ya ardiste lo suficiente, ya sudaste esos infiernos. Enfriate un poco, que es súper necesario para volver a encenderte. Dale, que ya sabés de esos equilibrios. Ya malabareaste las inseguridades de otros. Vamos, que ya no te congelás ni te derretís así de fácil. Volvé a ser precisamente desde ese centro tibio -que si algo no sos es tibieza- y volvé a apasionarte. Que no haya huecos ni agujeros negros en tu próxima entrega. Que no se roben tus créditos. No te pierdas por nada ni por nadie. Ya estás todx en vos.

Así que agarrate fuerte y pegate un viaje, eso sí, por tu propia incertidumbre. Que de ahí sí que vas a sacarte buenx.

 

 

 

viernes, 1 de enero de 2021

Posición fetal

El balance es propio.

No es con otro ni con una situación.
Es de uno con uno.
Los reclamos no se hacen en la oficina de Dios, sino adentro del corazón.
Qué fue genuino y qué te malgastó.
Se trasciende desde la gratitud,
pero eso es una decisión.
Por mucho que grites al cielo, no hay un libro de quejas entre el Covid, el hambre, la contaminación.

Empezá el año empezando por vos.

Que si mirás adentro, todavía te tenés ahí.
Así que primero sentite,
y después pedite.
Que por más machaque que tengas, te vas a escuchar.
Y te vas a acomodar.
Aunque estés como inmóvil,
en posición fetal...
Es que sólo te estás preparando,
para nacer,
sí,
una vez más.

Y ojalá que en esta nueva vida, te saques la presión de que tu mundo no esté al revés; y que puedas andarlo y amarlo con lo que te dé. Y sobre todo, con lo que Es. 

sábado, 2 de febrero de 2019

Uñas

Lindo como uñas recién pintadas.

Y así, todo.

Tomate el tiempo,
fijate en los detalles,
elegí tus colores.

Tené paciencia,
que no te pese,
que sea con ganas.

Ponete música,
tomate unos mates,
mimate antes.

Y después andá,
salí,
hacé,
decí,
sentí.
Y lo que sea.

Pero que no sea (y que nada sea) como pintarte las uñas apurada. 

 

viernes, 1 de febrero de 2019

M-editar

Para meditar no tenés que “saber meditar”: podés empezar llevando tu atención a la respiración. Eso solo ya trae concentración y calma. Para meditar no tenés que tener la mente en blanco: si aparece un pensamiento, lo podés observar sin resistirte, reconocerlo como parte de ese momento presente y dejarlo ir, como si vieras un pájaro que pasa y sigue su vuelo... y si acaso vuelve, podés enfocar de nuevo tu atención en la respiración. Igual que si aparece algún ruido que te distrae. Lo podés incorporar a ese instante, soltando el deseo de controlar lo que sucede alrededor y seguir estando sólo ahí, siendo tu respiración, que es lo que sos. Eso que respira, Sos. Para meditar no tenés que hacerlo estrictamente en Posición de Loto: podés hacerlo en la que te resulte cómoda, incluso acostado (sólo que al principio no se recomienda porque te podés quedar dormido. De todos modos si eso sucede, no pasa nada y bienvenido, es lo que tenía que pasar). Para meditar no tenés que estar rodeado de velas, sahumerios y música acorde. Claro que preparar el ambiente ideal ayuda, pero sin eso también podés hacerlo. Para meditar no tenés que saber de mantras, mudras, sutras, ni de la ubicación de los chakras ni de técnicas. Hay cosas que podés ir incorporando con el tiempo así como podés ir nutriéndote de distintas herramientas, pero sin ellas también podés hacerlo. Para meditar no tenés que estar necesariamente un largo rato, 1 hora o 40 minutos. Podés empezar con 5 minutos diarios e ir agregando otros 5 y así, incluso podés meditar un rato a la mañana y otro a la noche, o sólo una vez al día y cada vez más hasta que lo vayas incorporando más que como esos ratos al día, como un estilo de vida y puedas estar continuamente o cuando así lo requieras, inmerso en un estado de meditación, aún sin estar meditando especialmente. Es importante recordar para no rendirse en el primer intento, que cualquier resistencia es del ego. Y que sólo al ir dejando de lado sus caprichos, vamos dándole permiso a la divinidad para manifestarse, y al Ser Divino que hay en uno. 

 

martes, 18 de diciembre de 2018

Hija del Tao

El vacío sólo tiene mala prensa; es absolutamente necesario ese espacio nulo, como en blanco, a su vez profundo y tan generoso que hasta nos permite llenarlo. Con lo que queramos. Reinventarnos, incluso renacer, desde su centro. A propósito de esto, hace un tiempo acompañé una foto que subí a mis redes con la descripción "Hija del Tao" y alguien me preguntó si lo había leído y si tenía alguna frase favorita. Le contesté que sí lo leí unas veces, que de todos modos lo de hija era más en referencia a que así lo siento y además a una ceremonia en la cual tomé el Tao hace unos años, con unos monjes asiáticos, una especie de bautismo si se quiere, donde se reciben sus 3 tesoros para aplicar en vida y al momento de la muerte para que el alma vuelva a su origen, a la fuente. Le conté además que no es necesario tomarlo más de una vez, pero que me resultó tan maravillosa la experiencia que la repetí. Y para terminar de responder a su pregunta le comenté que eso es algo independiente de las escrituras (aunque de algún que otro pasaje se hizo mención), pero que igual sí tengo un principio preferido que es el de "LA UTILIDAD DE LA NADA". Y es justamente ése el que dejo acá al final, apenas uno de esos oleajes de paz del Tao de Lao-Tse, porque creo que tiene que ver con esta idea de reconocerle su luminosidad a nuestros momentos de vacío, de hacernos conscientes de que eso también somos y de que podemos respirarlo e ir dejándonos entrar, más bien flotarlo y casi desaparecer, y de que también podemos hacerlo tangible, materializar el aire que nos da y entonces salir a ser. Nada de eso y todo eso a la vez. Ser vacío absoluto y absoluto Ser. 

"Treinta rayos convergen hacia el centro de una rueda, pero es el vacío del centro el que hace útil a la rueda.

Con arcilla se moldea un recipiente, pero es precisamente el espacio que no contiene arcilla el que utilizamos como recipiente.

 Se construye una casa con puertas y ventanas, y es por sus espacios vacíos que podemos habitarla.

Así, de la existencia provienen las cosas y de la no existencia su utilidad”.

viernes, 12 de octubre de 2018

Después vemos

Y es que si la vida te lo regala, no lo arruines pensándolo.

Los buenos momentos también se construyen deshaciendo prejuicios, preconceptos y estructuras. Lo que da o no da, lo que es o no una locura, lo que nos hace o no felices; en definitiva lo decidimos nosotros mismos permitiéndonos vivirlo.

Después vemos.


 

 

lunes, 21 de mayo de 2018

El giro

Ante la duda, fijate cómo te hace sentir.

Lo que te enciende, lo que te apaga; lo que saca lo más lindo de vos, lo que saca lo no tan lindo; lo que te hace brillar, lo que te opaca. Todo está ahí por algo. A veces clarísimo y otras, lleno de vueltas. Y que algo siga o no en tu vida, tiene mucho que ver con cómo te vas sintiendo. Si ya no suma, si hace ruido, si incomoda, si agota tu energía más de lo que la activa es porque toca mover las fichas. Te pide un cambio. Avanzar o retroceder, mirar adelante o al costado... En fin, darle un giro. Que gire, pues. Y que ese giro, dependa de la calidad de tus sentimientos con respecto a eso. No hay mejor parámetro. Pensar no determina tanto como sentir. Pensar estira, dilata, hace chicle. Sentir define. Y la definición, hace a la decisión.

Eso de "Es por ahí"... Si te fijás en cómo te hace sentir, siempre está claro por dónde es.

jueves, 17 de enero de 2013

¿No me das "una mano"?

A menudo veo en el subte nenes que piden limosna y que dan la mano antes a modo de saludo. A veces me quedo observando esta situación y noto que por lo general la gente colabora con el chico que pide; la verdad es que nunca alcanzo a ver cuántas monedas recibe, pero siempre puedo ver con claridad cuántas manos no le son dadas.

Está tan claro que en la sociedad se ve y se oye el desacuerdo y la indignación con aquel que los manda a pedir desde la vereda de su más vil miseria como que esto amerita análisis aparte. Quizás sea ésa una de las razones por las que hay quienes prefieren no "darles una mano", pero lo concreto es que también, colaboren o no, hay quienes prefieren no darles la mano. Y cada vez que veo eso, conceptos como desacuerdo e indignación vuelven a aparecer, de pronto parados en la vereda que segundos atrás parecía ser la de enfrente. Lo que parece, es que para pedir limosna se puede levantar la mano, pero no hay derecho a estrecharla. "Se pide y no se toca", dice el cartel en la frente de la mayoría de la gente (claro, muchos de estos chicos ni siquiera saben leer... ).

Qué ironía: el chico pide que le den "una mano" dando la mano y aún dándole "una mano" lo que menos le dan, es la mano. 

lunes, 31 de diciembre de 2012

Fin de año. Año nuevo.
Para algunos esta fecha es un antes y un después. Para otros es sólo un día más adentro de un calendario que se termina para dar comienzo a otro que no viene solo: el nuevo calendario siempre llega acompañado de promesas. Y así como promete, también espera. Promesas y esperanzas que marcan con redondeles fechas especiales y que sueñan con tachar con cruces misiones cumplidas.
Mi deseo es que cada uno pueda hacer su crucecita por encima de cada redondel, pero también que queden muchos días libres, días que no prometan, días que no esperen nada, días que simplemente nos inviten a fluir adentro de un nuevo calendario que no viene solo: ojalá este nuevo calendario esté lleno de sorpresas para todos!

martes, 4 de septiembre de 2012

"Vivir en una burbuja"

La vida como una burbuja que no vemos pasar (porque estamos adentro).
El mundo como una burbuja más de tantas que flotan en el universo (algún día quizás desaparezca como desaparecen las burbujas en el aire: en los campos, en los cielos, en donde el Todo es mucho más que lo que vemos a simple vista desde la burbuja que es la vida adentro de la burbuja que es el mundo en el que todos somos burbujas).

Eso (somos).

Burbujas (con la libertad de flotar o desaparecer).

. 










(Que mi burbuja viva por siempre; en ese siempre que no conocemos).


sábado, 30 de junio de 2012

Paz. En la palma de tu mano.

Y que mi puño la apriete con fuerza, no, con mucha fuerza; que mis dedos la acaricien hasta que mi palma se crispe, pero que nunca la ahuyenten. Y que siempre, sí, que eternamente, la tenga tan a mano…

lunes, 14 de mayo de 2012

Ent(r)e prisas

La calle huele a prisa. La prisa, a sinsabor. Los pasos apurados de la prisa sin sabor, arrastran indiferencia barata y sin intereses en la cuota de apuro de cada día, como si el mejor negocio fuera la monotonía.

El andar de la g(ente) está perdiendo sus matices, al andar perdido entre la g(ente)...

... Y repiquetean esos pasos monocordes que huyen sin huir; quizá intentando fugarse al son de alguna irrealidad.

jueves, 19 de abril de 2012

MIRONES

¡Qué perversa y errada y no menos torpe es la curiosidad por lo que ya no nos concierne y cómo se burla de la indiferencia al fin lograda y qué bien sabe gozar de su destreza en una inadmisible y también tramposa y encima mentirosa y por si fuera poco dolorosa recorrida y por demás entrometida que promete que enseguida se termina y no hace más que seguir sumida en recovecos de otra vida en esta vida y no deja de hostigarnos al seguir y seguir y seguir husmeando en laberintos virtuales tan confusos como lamentables como interminables como irrefutables!

sábado, 3 de marzo de 2012

Mi versión de "Perfidia" en la semana de la mujer (basada en la letra original)

Sugerencia: activar el siguiente enlace para acompañar la lectura http://www.youtube.com/watch?v=FgOWez2Q6rk&feature=fvst

Ellas comprenden lo que sufro yo,
tanto que ya ni puedo sollozar,
sola temblando de ansiedad estoy.
Ellos nunca lo entenderán

Mujer,
si puedes tú con Dios hablar,
pregúntale si Él alguna vez
se ha tenido que depilar

Y ni hablar
del hombre de nuestro corazón,
las veces que nos ha visto soportar
la perfidia de la menstruación

He buscado alivio a donde voy,
y no lo puedo hallar,
para qué quiero tus besos
si tus labios no me pueden calmar.

Y tú,
Que nunca lo experimentarás,
quién sabe qué dolores tendrás 
si lejos estás de parir,
de mí,
y de ser... MUJER!

martes, 14 de febrero de 2012

Amor para rato

El amor está de moda. Al menos lo está una vez al año. VALENTÍN lo consigue en cada febrero con su SANto marketing: publicidades que invitan a consumir amor; menúes de restaurantes que ofrecen degustar amor, saborear amor, comer amor; vidrieras de negocios que incitan a perfumar amor, a vestir amor, a comprar amor. 

Parece ser que el amor sobra en todos lados. Y que hay q festejarlo, de a dos, al menos un rato. En el día de los enamorados, o de los enamoratos.

¿Enamoratos de amor o enamorados de a ratos?

sábado, 31 de diciembre de 2011

Y llegamos al 2012. Sin autos voladores ni tele transportadores. Pero acá estamos. Adentro de esa ciencia ficción que se nos representaba allá por nuestra infancia, cuando pensar en años 2000 parecía inalcanzable. Y ya vamos por 12 más. Y por los que sigan. 
La ciencia es haber llegado. La ficción, es seguir imaginando realidades que parecen imposibles, intocables. Inalcanzables, como los años 2000. Pero teniendo la certeza de que todo eso que hoy esperamos, si lo deseamos, también va a llegar. Mañana. Pronto. Algún día. Siempre y cuando por alguna razón, tonta o no, sigamos creyéndolo. Siempre. Y cuando sepamos que ya existe.

viernes, 18 de noviembre de 2011

CAPRICHOS APILADOS

Dejar morir, para nacer de nuevo… 

Soltar, escupir, vomitar. Pedazos de angustia coagulada. Exprimida. Licuada.
Un corazón que es herido, sufre; un corazón que hiere, sufre más.
Un corazón que hiere no olvida jamás.
No logra saciar de ningún modo, el hambre de sus desaciertos.
Acumula vacíos, absurdos o no, y caprichos apilados en algún rincón.
Y ahí cerca, muy cerca, el espacio se llena con delirios sin tregua.
Ilusiones tardías y desordenadas, ya no hay bálsamo para acondicionarlas. Muchas, quedan eternamente a cuestas -aún sin saber-, disipadas, en una o en tantas despedidas, en eso que, ese corazón que hiere, puede pronunciar infinita cantidad de veces, pero nunca soportar definitivamente: “Adiós”.  

…  “Y  hasta la próxima vida”.

(IN)QUIETA

Duele fuerte. Duele silencioso. Y, a veces, quieto.
Ya no hay aturdimientos.

El eco de la música que suena, acarrea algún recuerdo, vagabundo, en un tiempo que tampoco perdona lo que no puede uno a uno mismo. Y que no dice a otro, eso que nunca se ha dicho.
Errores. Uno, dos, tres, mil.
Oportunidades negadas, divagan.
La necedad bien sabe coquetear con el rigor.
Jamás concretan nada, más que alguna cachetada. Por ese juego. Por tanto fuego.
El ímpetu lo arranca todo. 

Nada queda. Acaso, un manto de dudas -quietas, inquietas- : “¿Qué será?” “¿Qué fue?” “¿Qué pasó que no fue?”

Un trauma. Una ficción.
El no amor en el amor es pura rebeldía... Una rebeldía casi inherente a un corazón que se vulnera incluso cuando él mismo se desobedece. Que quiere ser más dócil… Que, aún, no puede; pese al castigo, que pesa: aire que se corta con los cuchillos de la indiferencia, sangre que derrama incomprensión. Además de mucho, pero mucho, desamor.

Y el dolor que ya no aturde pero que sigue doliendo. 
Fuerte. Silencioso. Y, a veces, inquieto.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Siempre viviste en mí

Después de 3 días de agonía a causa de un horriblemente horrible accidente, él nos dejó. Pienso que no quería irse, pero no tuvo opción. Mamá estaba sentada al borde de la cama. Lloraba. Mis 7 años intentaban entender qué estaba pasando y sospechaban que no era nada bueno porque recordaban la escena de 3 días atrás, cuando una tía había entrado a los gritos a casa para enterarnos de la situación. 

En esa época no teníamos teléfono, por eso creo que la manera de enterarme fue más traumática aún, si no seguro que hubiera sido diferente, que mamá nos hubiera sentado a mi hermana y a mí en una silla cuando considerara que fuera conveniente y nos hubiera explicado lo inexplicable, o lo inentendible, más para esas nenas que éramos, de 7 y 10 años, que después de ver y oír el eco del horror sólo atinamos a encerrarnos en el baño y expresar lo que pudimos en ese momento: “pobre mami”, dijo una; “y pobre el abuelito”, dijo la otra. Entiendo que, de algún modo, la psiquis de una tuvo la fuerza suficiente como para ponerse del lado de lo que quedaba, mientras que la de la otra -la otra era yo- pudo más débilmente aferrarse, desde entonces eternamente, a lo que se iba. A él, que se iba. Que se fue para siempre. Que no lo vi más. Que no pude verlo ni siquiera en esos días. Que ni siquiera recuerdo cuál de todos mis recuerdos corresponde al de la última vez que lo vi; si es que, de la última vez, guardo el recuerdo… 
Pero ahora no quiero ahondar en eso. Lo que marcó esa tragedia en mi existencia, evidentemente, es otro tema. Sólo voy a reducirlo a lo que iba a contar al comienzo, a eso que cambió para siempre cuando entré a la habitación de mi mamá y me animé a preguntarle:
-¿Qué pasa?
-El abuelito no está más.

Mucho después supe con certeza que ese día, sin entender nada de la muerte, empecé a entender algo de la vida. 


(Cuando terminé de escribir esto, pensé en lo lindo que sería tener una señal para saber si él seguía estando conmigo. Unas horas después, su bufanda -que estaba guardada en un placard de casa hacía años- apareció en mi cuarto, arriba de mi cama... Le pregunté a mi hija si ella la había llevado, a lo que primero respondió que no y un poco después, que sí. Cuando mi siguiente pregunta fue por qué, ella me dijo: "No se mami, la llevé, porque sí, no tengo idea porqué... Yo nada más la vi y la llevé a tu cama, pero no se por qué").



martes, 15 de noviembre de 2011

(Muy entrada la noche) LA SALIDA

El hombre gritaba con desesperación. Yo lo miraba, aterrorizada. Como mira alguien que no entiende nada.
Antes de que estallara en esos gritos, exasperados, desaforados, vi anonadada cómo arrojaba unas piedras, enormes, con violencia y en dirección hacia el lugar en el que yo me encontraba. 
Supe que no eran para mí. No. Él no quería lastimarme. Había alguien más. Pensé que quizás tenía algo contra esa persona.
Tiró una. Y otra. Y otra más.
Me agaché primero. Después me escondí. Más bien, me refugié. Quería salvarme de esa suerte, que parecía maldita, a pesar de mi certeza de que su bronca y su ira no me apuntaban. 
De todos modos, temí por mi vida. Y hasta me molesté por no poder saber si saldría de ahí.
Mi gran desconcierto fue, especialmente, cuando cruzó la avenida. Con los pasos de un gigante, se iba acercando hacia mí. Lo vi venir; caminaba con el peso de la furia de las piedras que, segundos antes, había arrojado.  Y de mucho más. Algo más le pesaba.
Ya dije que no estaba sola. Había otro hombre que parecía trabajar en la seguridad del lugar... 

"¿Por qué no hacía nada, entonces?" (¿Realmente estaba conmigo? ¿O será que, en algunos momentos, uno busca y encuentra compañías donde en verdad no las hay?)

A mi alrededor, había perfumes; y noche. Mucha noche. Una tienda llena de perfumes sin aromas, y demasiada oscuridad para mi gusto.
Feroz, el sujeto entró. Feroz y fugaz. Para mi sorpresa, siguió de largo.
Al fin me sentí a salvo. Sin embargo, me atreví a girar antes de huir cuando le ganó mi curiosidad a mi instinto de supervivencia. Sí, tuve que ver... Había algo (no sabía qué) que me unía a ese ser -aún lo siento-, algo que nos conectaba de algún modo. Su rostro me resultaba conocido, por cierto, aunque no más que el rostro de un buen vecino.
Retomando, vi cómo saltó por una ventana que lo condujo a un patio; idéntico al de la casa de mis abuelos. Creo que eso explica la inmediatez con la que comencé a percibir a ese extraño individuo como alguien más cercano, como ese abuelo que se fue tan trágicamente, quizás... (¿Habría gritado así, su alma, al momento de su muerte?) 

“A veces la vida no es justa”, había pensado yo ese día. (¿Y si era aquel, un grito a la injusticia? ¿Y si era un grito desde la impotencia?)

Perpleja, estupefacta, continué mirándolo, aún tratando de entender por qué gritaba así o, simplemente, por qué gritaba, y ya; buscando cómplices, testigos. Pero no había nadie. ¡Ya ni siquiera el otro señor estaba ahí!
En un segundo, pasé de temerle a compadecerme por él. Quería ayudarlo, pero sabía que no había nada que yo pudiera hacer... Además, poco a poco, y como si me hubiera contagiado algo de todo eso que había en su interior (quizás por estar tan cerca de aquello que buena parte de su existencia lograba ir sacando), fui sintiendo una opresión en el pecho, que pasó a ser fuerte en un instante, y más fuerte aún. Terriblemente fuerte.


Respiré su dolor también...


Pero no pude entender todo eso que no dejó de repetir. No alcancé a leer esas palabras. Las oí, sí. Las escuché, también. Pero su habla era confusa, alterada. Y no pude, no pude aunque quise, no pude aunque me esforcé, descifrar lo que decía.  
Sólo recuerdo que en ese momento la angustia y la desesperación -de ambos- empezaron a hacerse más profundas, y más sufridas, como si la voz ya casi no le saliera a ese grito que, peligrosamente exhausto, sólo quería seguir gritando. Afligido. Estremecido. Agitado. Pero, sobre todo, exhausto. Tanto, que eso también se me iba pegando, al tiempo que me invitaba a retirarme, de una vez por todas, de ahí. (Acaso, ¿había más para ver?)

Definitivamente, no lo soporté -de hecho, la misma sensación vuelve a mí al recordarlo- y me fui. Me fui a otro lado, de igual oscuridad aunque con más calma. Y con compañías más amenas, más gratas. Así pasé a conversar con mi madre y mi hermana en una habitación contiguamente cercana, y raramente contigua. La persiana estaba rota, pero eso no me impidió ver que un clima sombrío también predominaba tanto dentro como fuera de ese cuartucho.
Me distrajo un poco que mi hermana me mostrara una remera nueva, con brillos. Aparte, un poco de luz, por poca que fuera, me venía bien.
Igual, no pude evitar hablarles de él. En especial, a mamá. La verdad, no conseguía aliviarme en absoluto. Mucho menos, olvidarme. Y ella algo sabía. Lo supe por su rostro. Y lo confirmé por la noticia que me dio.
Antes, muy apenada y quizás con algo de resignación, le dije:
-No sabés cómo gritaba, no sabés... Se le iba el espíritu en cada alarido. Parecía estar a punto de morir. Si se salva, no creo que pueda sobrevivir por mucho tiempo, ese hombre. No creo que su corazón resista tanta desesperación, tanto...
-No resistió -me interrumpió-. Falleció el domingo. Me acaban de avisar... -agregó. Y dijo algo más acerca del entierro que no logro recordar con precisión

Entonces, mi llanto se tornó tan inevitable como esa noche y su muerte... Tanto, como la noche. Y como la muerte misma.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Yo NO quiero tener un millón de amigos


¡¿Cómo es que de repente se: que Samanta va a tener su tercer hijo; que Lucía recién va por el primero (y que tiene antojo de sandía y de fideos con queso); que Guillermo no va al baño hace 3 días; que la hija de Cristina vomitó la noche entera; que Santiago está contento porque tiene una PyME en el centro (¿quién es Santiago?, por cierto); que Antonella está tomando un Capuchino, que ya está un poco frío; que a Pablo le robaron en el subte; que operaron al perro de Julieta; que Agustina se levantó con el pie izquierdo y tuvo un día que mejor ni te cuenta; que Martín se cortó el pelo (y le queda bien, por lo que veo); que mañana cumple años el ahijado de la amiga de Teresa (que a propósito, ¿¿a quién le interesa??); que Carlita tiene novio y hasta está comprometida; que Eugenia hace 6 lunes que empieza la dieta; que Mariana tiene insomnio y está haciendo sentadillas; que Roberto -al fin- se puso tetas?!...
¡¿Cómo es que de repente se todo eso, y más, más, mucho más?! ¡¿Cómo es que de repente no sólo lo leo sino que, casi todo, también lo veo?!
¡¿Cómo es que también saben tanto de mí?, ¿cuándo y cómo fue que nos caímos todos juntos adentro de la misma red?!

Autorretratos y retratos instantáneos o añejos (como los de la mismísima pizza que estamos comiendo, o como aquellos de los actos del colegio), dibujos de hijos y sobrinos, frases del día, proverbios chinos, videos y canciones, sensaciones con emoticones, notas de diarios y revistas, e incluso ecografías y planos de departamentos, son tan sólo algunas de las cosas que compartimos todo el tiempo. 
Mientras tanto, nos mandamos besos, abrazos y sonrisas; nos alentamos poniendo "me gusta" y hacemos cadenas de oración para que se invente el "no me gusta"; nos angustiamos cuando no nos hacen comentarios - y sí, por mínimo que sea, algo esperamos- en la actualización de nuestro estado, ése que dice mucho más que lo que estamos pensando; nos aprobamos o desaprobamos (cuando no nos espantamos) ante nuestra imagen cuando nos "etiquetan" -y con eso sólo ya hacemos acto de presencia-, y a veces hasta nos indignamos al ver nuestro nombre "etiquetado" en la foto de algún producto que se ofrece a la venta. Y nos decimos que nos extrañamos, que pronto nos reencontraremos -con la esperanza de que nos reconoceremos- o, también, que pronto nos conoceremos...

Así es como nos vamos acostumbrando a esto de ser comunicadores sociales del minuto a minuto de nuestras vidas y, en consecuencia, involuntarios medidores del rating de nuestros pensamientos, enlaces, y fotografías.  

Curiosos, morbosos, aburridos. Aduladores de algunos, criticones de muchos, apologistas de menos. Coleccionistas de seres reales aunque no menos virtuales (familiares, amistades y ex compañeros así como reconocidos y desconocidos conocidos) que conviven en un listado a modo de "amigos"... Cada vez somos más los que solos o acompañados, los que todo el tiempo o de a ratos, nos entrometemos en nuestros hogares, viajes y trabajos; y los que seguiremos haciéndolo, siempre y cuando, no nos saturemos de mirar a otros aunque tengamos permiso ni nos sobrepasemos de exponernos aunque lo hagamos sin complejos. Por las dudas, seamos prudentes y estemos alertas: no sea cosa que, cuando nos queramos dar cuenta, ¡todos nos hayamos convertido en voyeuristas y hasta en exhibicionistas!

Antes de llegar a eso, al menos tengamos configurados los marcos de nuestra privacidad, si es que aún algo nos queda, y revisemos las listas de personas que agregamos o que nos agregan (da igual) a esta extraña herramienta -propia de esta era de infinitas ventanas que a asomarnos, y a atravesarlas, nos invitan- a la que han dado en llamar FACEBOOK. Y aprovechemos que también puede darnos un sabio consejo a la hora de analizar a quienes haya que aceptar, conservar, o eliminar de nuestro entorno de mirones y mirados: cosechar la amistad es muy bueno, pero mejor es recordar a la hora de hacerlo que no siempre hace falta tener un millón de amigos... "y así a más gente poder espiar".


domingo, 13 de noviembre de 2011

"De uñas rojas y de Papá Noel"

Me pinto la última uña y mi hija me mira con cara de que quiere hacerme una pregunta, cosa que me viene como anillo al dedo para quedarme un rato sentada y quieta, y no ponerme a hacer una de esas cosas que una siempre tiene que hacer justo cuando termina de pintarse las uñas, una de esas cosas que terminan despintándolas:

-Mami, tengo que hablarte de algo. Mi prima me dijo que Papá Noel no existe, ¿es cierto?

Pensándolo bien, no es un buen momento para ponerle anillos al dedo... Prefiero despintarme las uñas con otra de esas cosas que terminan haciéndolo. Le respondo con otra pregunta, sólo para ganar un poco de tiempo:

-Mmm... Este... Mjmjm... Tizi, ¿¿quién te dijo eso??

-Ya te dije, mi prima, Jose.

-¿Y a ella quién se lo dijo?

-El primo...

-Ah, mira vos... -Me hago la tonta, pero creo que se me nota, tanto, que se da cuenta- ¿Y cuántos años tiene el primo?

-Tiene 10. Mami, ¿es verdad o no?

-¿Se lo preguntaste a tu papá?, ¿qué te dijo él? -Sigo así, como quien no quiere la cosa, y deseando para adentro que se lo haya preguntado.

-¡No, mami! ¡Por eso te lo estoy preguntando a vos! ¿Existe o no? -y atando cabos, redobla la insistencia- ¿Y los Reyes Magos? ¿Y el Ratón Pérez?

“¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Auxilio!”, casi exclamo pero pienso. 

“¿Qué le digo? ¿Qué le digo?”

Sabía que este día iba a llegar; de hecho, creo haberme preparado para este momento (claro, si siempre supe que me tomaría por sorpresa..., ¡si hasta había practicado una respuesta!... porque también sabía que cuando llegara, le diría la verdad). Es hora de blanquearle todo..., pero lo que está en blanco es mi mente; y yo, que siempre creí que enfrentaría este momento con absoluta liviandad, de pronto, no sé qué decir... El S.O.S ya lo pedí y nadie acudió (cierto que lo dije para adentro...); de ésta no me salva ni mi hada madrina que, a propósito, mejor ni mencionarla...

¡¿En qué parte del manual de cómo ser mamá se explica cómo enfrentar a esta gran verdad?!

Miro para abajo, para arriba..., y la miro de reojo; sólo la miro para comprobar si sigue estando ahí, a la espera. Y se me escapa una sonrisa, nerviosa, delatora, indecisa.

Y ahí sigue firme, ella, con sus ojos clavados en los míos. Ni una mirada hacia arriba o hacia abajo. Ni una mirada hacia el costado. Ahí sigue, ansiosa, esperando su respuesta. Inocente pero, esta vez, incrédula.  

La siento a upa -en las charlas especiales, me gusta tenerla sobre mis rodillas- olvidando que mis uñas todavía no están del todo secas, y ya estoy lista, y fluye una hermosa charla, en la que casi no hacen falta las palabras de mi charla imaginaria. Con sólo mirarla a los ojos y ya no de reojo, me doy cuenta de que ella, en el fondo, ya sabía la respuesta.


Sólo le hacía falta que yo se la dijera.

-Mami, otra cosita...

Mi corazón se paraliza. Cuento hasta 3, tomo aire, suspiro... "¿Y ahora qué me espera?". Una vez más, trato de disimular mis nervios:

-Sí, mi vida, decime... -Y trago saliva.

-¡Te queda re lindo ese color de esmalte! ¿Me pintás?