—Me voy a vivir a Chile —me dijo.
Así de una y en seco.
Recién habíamos cogido. Todavía estábamos en la cama. Nuestras piernas entrelazadas entre nuestros cuerpos, que habían quedado revueltos y desparramados uno en cada punta. Las miradas, a cierta distancia. No tanta como la que nos esperaba.
Ulises y yo no éramos nada.
Pero igual reaccioné como pude. Me hice la tonta. Le pregunté unas cosas como si se fuera por diez días... Quizás eso hubiese querido... Que se fuera por diez días y que después volviéramos a vernos como si nada, en nuestra burbuja de la nada misma que éramos.
Mis ojos podían mentirle bien gracias a esa posición que seguíamos formando —impecables— mientras hablábamos de cómo iba a ser su nueva vida allá, como si fuera una charla de un día cualquiera.
Entre que casi no nos veíamos las expresiones, y la poca luz que entraba al cuarto desde el pasillo, yo podía hacer como que no me importaba.
Después de entrar en algunos detalles que no pude asimilar con lucidez, nos desarmamos y nos pusimos a limpiar mi sangre, porque justo mientras lo hacíamos me había venido con todo.
— ¿Vas a venir a Chile? —me preguntó mientras frotábamos las sábanas con quitamanchas.
—A trabajar me iría...
A visitar... no sé —le contesté sin saber bien qué contestar.
Y al segundo me arrepentí de esa respuesta tan torpe.
Es que tampoco entendí si lo dijo por decir algo para adornar el momento, para no hacerme sentir tan nula en su vida, o porque de verdad tenía ganas de que eso pudiera darse.
—El departamento es bastante grande, así que lugar hay —tanteó.
Tibio, improvisado, sin jugársela demasiado.
"Sí, obvio, si da, voy de una", es lo que hubiese querido responder.
Pero me quedé callada y me fui al baño.
Y ya sola ahí, me dieron ganas de llorar...
Abrí la puerta rápido para evitarlo. Me lo reprimí, sí. Más que nada para disimularlo.
"Si esto me está afectando, que no se note", me dije...
"No podés llorar acá, Maia".
Como si tragándome el llanto pudiera frenar esa bomba que ya había detonado, tal como sus propias palabras:
—¿Te tiro la bomba ahora? —me había dicho unos segundos antes de contármelo.
—¿Renunciaste al trabajo? —le había preguntado yo, sin imaginar lo que estaba por escuchar.
Pensando que se trataba de otra cosa, que como mucho había aceptado otro que le habían ofrecido en Campana.
Y la tiró, nomás.
Como si no fuera algo que se dice con un telegrama de preaviso, con algo más de tacto y con más sutileza que la que puede tener un ordinario, común y corriente "Te lo cuento en persona", como el que me había anticipado hacía un par de días por WhatsApp.
Claramente, tan claramente, yo no tenía el lugar en su vida como para que él se diera cuenta de que —ahora yo— estaba por estallar. Tenía que tragármelo todo, todito, con la sal de cada lágrima y moco.
No podía, ni debía, demostrarle lo que me pasaba.
Y eso era ley.
Apenas una de las leyes de cuando dos (no) son nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario