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viernes, 18 de noviembre de 2011

CAPRICHOS APILADOS

Dejar morir para nacer de nuevo…

Soltar, escupir, vomitar. Pedazos de angustia coagulada. Exprimida. Licuada.

Un corazón que es herido sufre; un corazón que hiere sufre más.

Un corazón que hiere no olvida jamás.

No logra saciar de ningún modo el hambre de sus desaciertos.

Acumula vacíos, absurdos o no, y caprichos apilados en algún rincón.

Y ahí cerca, muy cerca, el espacio se llena con delirios sin tregua.

Ilusiones tardías y desordenadas. Ya no hay bálsamo para acondicionarlas.

Muchas quedan eternamente a cuestas —aún sin saber—, disipadas en una o en tantas despedidas, en eso que ese corazón que hiere puede pronunciar infinita cantidad de veces, pero nunca soportar definitivamente: “Adiós”.

…Y hasta la próxima vida.

(IN)QUIETA

Duele fuerte. Duele silencioso. Y, a veces, quieto.
Ya no hay aturdimientos.

El eco de la música que suena acarrea algún recuerdo, vagabundo, en un tiempo que tampoco perdona lo que uno no puede perdonarse a sí mismo. Ni decirle al otro eso que nunca se ha dicho.

Errores. Uno, dos, tres, mil.

Oportunidades negadas que divagan.
La necedad bien sabe coquetear con el rigor.

Jamás concretan nada, más que alguna cachetada. Por ese juego. Por tanto fuego.

El ímpetu lo arranca todo.

Nada queda. Acaso, un manto de dudas —quietas, inquietas—:

“¿Qué será?”
“¿Qué fue?”
“¿Qué pasó que no fue?”

Un trauma. Una ficción.

El no amor en el amor es pura rebeldía. Una rebeldía casi inherente a un corazón que se vulnera incluso cuando él mismo se desobedece. Que quiere ser más dócil. Que aún no puede, pese al castigo que pesa: aire que se corta con los cuchillos de la indiferencia, sangre que derrama incomprensión. Además de mucho, pero mucho, desamor.

Y el dolor que ya no aturde, pero que sigue doliendo.

Fuerte. Silencioso. Y, a veces, inquieto.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Siempre viviste en mí

Después de tres días de agonía a causa de un horribilísimo accidente, él nos dejó. Pienso que no quería irse, pero no tuvo opción.

Mamá estaba sentada al borde de la cama. Lloraba. Mis siete años intentaban entender qué estaba pasando y sospechaban que no era nada bueno porque recordaban la escena de tres días atrás, cuando una tía había entrado a los gritos a casa para hacernos saber lo que había sucedido.

En esa época no teníamos teléfono, por eso creo que la manera de enterarme fue más traumática aún. Si no, seguramente hubiera sido diferente: mamá nos habría sentado a mi hermana y a mí cuando considerara que fuera conveniente y nos habría explicado lo inexplicable, o lo inentendible, más aún para esas nenas que éramos, de siete y diez años.

Pero después de ver y oír el eco del horror, sólo atinamos a encerrarnos en el baño y expresar lo que pudimos en ese momento:

—Pobre mami —dijo una.

—Y pobre el abuelito —dijo la otra.

Entiendo que, de algún modo, la psiquis de una tuvo la fuerza suficiente como para ponerse del lado de lo que quedaba, mientras que la de la otra —la otra era yo— pudo, más débilmente, aferrarse desde entonces, eternamente, a lo que se iba.

A él, que se iba.

Que se fue para siempre.

Que no lo vi más.

Que no pude verlo ni siquiera en esos días.

Que ni siquiera recuerdo cuál de todos mis recuerdos corresponde al de la última vez que lo vi; si es que, de la última vez, guardo el recuerdo…

Pero ahora no quiero ahondar en eso. Lo que marcó esa tragedia en mi existencia, evidentemente, es otro tema. Sólo voy a reducirlo a lo que iba a contar al comienzo, a eso que cambió para siempre cuando entré a la habitación de mi mamá y me animé a preguntarle:

—¿Qué pasa?

—El abuelito no está más.

Mucho después supe con certeza que ese día, sin entender nada de la muerte, empecé a entender algo de la vida.

Cuando terminé de escribir esto, pensé en lo lindo que sería tener una señal para saber si él seguía estando conmigo.

Unas horas después, su bufanda —que estaba guardada en un placard de casa hacía años— apareció en mi cuarto, arriba de mi cama.

Le pregunté a mi hija si ella la había llevado. Primero respondió que no y, un poco después, que sí.
Cuando le pregunté por qué, me dijo:

—No sé, mami. La llevé porque sí. No tengo idea por qué… Yo nada más la vi y la llevé a tu cama, pero no sé por qué.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Por la vida

¿Y si en un sueño se vieron y tal vez no se encontraron porque así no lo desearon?

¿Y si ya se han olvidado porque el futuro y el pasado han escapado de sus manos?

¿Y si en un cuento, algún día, se relatan y combinan los mejores de sus días?

¿Y si esa soledad, soledad que los condena, les prepara compañía?

¿Y si nunca se dan cuenta, y si nunca lo sospechan, y se rozan, y tropiezan? O se esquivan, y caminan, como siempre...

...Separados, por la vida.

Separados por la vida...