miércoles, 3 de enero de 2018

Los pochoclos y la joggineta

Muchas veces, la única forma de avanzar con claridad es convertirnos en espectadores de nosotros mismos.

Como si nos sentáramos a ver nuestra propia película. Tirados, relajados. Con los pochoclos y la joggineta. Listos para mirarnos con atención. Igual que como cuando nos ponemos a ver nuestra serie favorita. Luces apagadas. Y que, de una vez, se nos haga la luz.

Lo que nos está pasando —y la manera en que lo vivimos o lo sobrevivimos, según nos toque o según podamos— lo dice todo. Personas, situaciones, vínculos: el elenco cambia, el guion no tanto.

Observarnos sí le va dando sus puntos de quiebre, y sus giros. Hasta que va cambiando la historia...

El proceso evolutivo es un trabajo silencioso, bien de adentro. Pero el afuera nos suele proyectar la parte que más nos atrapa: el mundo insiste en mostrarnos, una y otra vez, esas escenas donde evitamos poner el foco en nuestra verdad. 

Quizás el mejor plan sea rodar con ella.

Porque a eso también vinimos:

A encarnar la historia, a decirla con el cuerpo.

Y a rodar con veracidad.


Como en las buenas películas.


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