Muchas veces, la única forma de avanzar con claridad es convertirnos en espectadores de nosotros mismos.
Como si nos sentáramos a ver nuestra propia película. Tirados, relajados. Con los pochoclos y la joggineta. Listos para mirarnos con atención. Igual que como cuando nos ponemos a ver nuestra serie favorita. Luces apagadas. Y que, de una vez, se nos haga la luz.
Lo que nos está pasando —y la manera en que lo vivimos o lo sobrevivimos, según nos toque o según podamos— lo dice todo. Personas, situaciones, vínculos: el elenco cambia, el guion no tanto.
Observarnos sí le va dando sus puntos de quiebre, y sus giros. Hasta que va cambiando la historia...
El proceso evolutivo es un trabajo silencioso, bien de adentro. Pero el afuera nos suele proyectar la parte que más nos atrapa: el mundo insiste en mostrarnos, una y otra vez, esas escenas donde evitamos poner el foco en nuestra verdad.
Quizás el mejor plan sea rodar con ella.
Porque a eso también vinimos:
A encarnar la historia, a decirla con el cuerpo.
Y a rodar con veracidad.
Como en las buenas películas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario