A un costado de la realidad, nos asomamos. La miramos de reojo, para no perturbarla. Desde la habitación. Estratégicamente ubicados del otro lado del espejo... para no poder tocarla aunque queramos.
Hacerla palpable depende de uno. Pero hay que ser cauto, para no incomodarla.
Falta nuestra presencia. Está nuestra ausencia. Merodean ellas, dispuestas a enunciarse en una comunión.
Tantas noches entregadas al dolor como días desperdiciados en rencor, tantas lágrimas presas de un derogado llorar desesperadas por detonar en un lamento ruidoso, escandaloso, hasta ensordecedor, tantas otras derramadas y más despilfarradas. Tantos, los momentos de pasión, de amor y de felicidad.
(Necesidad de grito; de oírlo repetirse en un eco constante, hasta saciarlo.)
Abunda el vacío de lo efímero, de lo que ya no está. Y la compañía de la elegida, no por eso amiga, soledad.
Nos debilita un principio de asfixia de ese oxigeno contaminado que nos ha dominado durante mucho tiempo, pero viene a rescatarnos una extraña sensación de querer vencer a aquel padecimiento.
(Colmado está el aire de deseos, expectante…)
La esperanza quieta, inmóvil, codiciosa, quiere asomarse; conmovida, por el incipiente apetito de empujarnos a ojos cerrados al azar para dejar el pasado atrás. Y celebrar nuestro renacimiento.
(Revolotea aún la pregunta retórica de qué hubiera sido de no ser como fue; la invalida la apática y despreocupada intención de querer saberlo).
Absortos, sumergidos en un ambiente abstracto, reflexivo. Abstraídos en ese instante que ni sabemos cuánto dura. Sustraídos del alrededor. Vinculados sólo con ese florecimiento que se germina dentro de él y que, poco a poco, nos va conectando nuevamente; mientras oímos cada nota de una nueva melodía que comienza a vibrar dentro de nuestro corazón.
Ese día pensamos en nuestras vivencias y en que algo tiene que cambiar. A los pocos días, algo va cambiando.
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